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lunes, 14 de marzo de 2011

Los hijos de la Villa << Gonzalo Vivas Ramírez >>

En la conmemoración de estos cuatro siglos y medio de la Villa de Don Juan, es pertinente traer a la memoria algunas de las ilustres personalidades que la ciudad vio nacer o que por sus querencias han sido sus hijos adoptivos.
Pedro María Morantes, con su Pío Gil y sus panfletos de corte político se constituyó en un mordaz y acerado crítico de las dictaduras de Castro y Gómez; José Abel Montilla, Ramón J. Velásquez, Rafael María Rosales, Aurelio Ferrero Tamayo, Horacio Cárdenas Becerra, se distinguieron en el campo de las letras, bien como narradores, filósofos, cuentistas o historiadores.
En el campo de la enseñanza, Don Ramón Buenahora, considerado un verdadero apóstol de la educación; Carlos Rangel Lamus, meritorio pedagogo, como director del Liceo Simón Bolívar fue un pionero en la formación de valiosos ciudadanos que enaltecieron nuestro gentilicio.
Los doctores Raúl Soulés Baldó y José Ignacio Baldó fueron eminentes tisiólogos que lucharon por erradicar el Bacilo de Koch en aquella época en que la tuberculosis era considerada como una enfermedad maldita.
En el campo militar es preciso citar al General Isaías Medina Angarita, ejemplo de militar demócrata, expresidente de la República; al General Juan Pablo Peñaloza, ejemplo de honestidad y de lucha permanente contra la dictadura de Gómez; y al General Rafael Inchauspe, alias Rafael de Nogales Méndez, hombre culto, educado en Europa, quien ha sido considerado un héroe trotamundos por sus luchas en diferentes países del mundo. Fue además escritor y nos dejó sus relatos en el libro Cuatro Años Bajo la Media Luna, que se refieren a su permanencia en el ejército turco.
En el campo de la música y la pintura recordamos a Luis Felipe Ramón y Rivera, compositor de bellas melodías relacionadas con el ser y el vivir del tachirense, además de ser acucioso investigador en el área de nuestro folklore; a Miguel Ángel Espinel, quien se distinguió como docente en el ámbito musical y es autor de la música del Himno del Táchira; a Manuel Osorio Velasco, quien siendo muy joven nos sorprendía como maestro de dibujo en la naciente Escuela Normal de Maestros, tanto por su habilidad como docente como por su sencillez y comprensión del alumnado. Con motivo de la conmemoración del centenario de su nacimiento, Rubén Darío Becerra, en un trabajo publicado en este diario, asienta: "El valor de la proyección cromática de Manuel Osorio descansa en la pureza de su contenido, en la unidad de su dinámica creativa, fiel a su tierra nativa, donde alcanzó el cenit de su realización artística".
Manuel Felipe Rugeles, el lírico de la aldea, muy recordado en el cumplimiento del medio siglo de su desaparición física. Y Pedro Pablo Paredes, procedente de otros lugares, pero que como amoroso amante de la ciudad exclama: "Estoy aquí, Ciudad de San Cristóbal / hecho por ti de amor y lejanías / Estás en mi Ciudad de San Cristóbal / hecha por mí de sueños y suspendida / en el temblor final de las palabras".
Y otro amante de la Villa fue Don Arquímedes Cortés, quien, al igual que sus descendientes, ofreció con la savia de sus creaciones, progreso, desarrollo, pan y trabajo.
Y el Cronista de la Ciudad, Dr. J. J. Villamizar Molina, quien no ha descansado para dar a conocer los diferentes sucesos acaecidos durante años y que conforman una historia paralela generalmente desconocida para las nuevas generaciones.
Y la Peña Literaria Manuel Felipe Rugeles, que a lo largo de cincuenta años de permanentes actividades, ha mantenido vivo el pensamiento de escritores, poetas, pintores y educadores que durante muchos años han constituido el corazón del movimiento intelectual de la ciudad y de la región. Y en las noches de amable tertulia disfrutamos, en la voz del poeta Antonio Mora, la apertura de la velada con el credo de Manuel Felipe en el que confiesa su arraigo al terruño: "Estoy aquí sembrado como si fuera un roble / que respira en sus aires y se yergue hacia el cielo / con una algarabía de pájaros cantores".
Este corto comentario sobre los hijos de la Villa no es más que una manera de recordar que la ciudad ha dado sus frutos intelectuales y que una investigación apropiada sobre el particular daría material para redactar unas cuantas páginas y quizás libros.

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