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sábado, 2 de abril de 2011

San Cristóbal: Ciudad para Vivir

Escrito por Lic. Antonio Ruiz Sánchez       Jueves, 31 de Marzo de 2011 Diario Católico
Una ciudad es algo más que un conjunto de casas distribuidas a lo largo de calles. Es, básicamente, la conjunción de los paisajes humano y físico lo que le da carácter y señala a la visión de quien penetra por sus laberintos la idea del universo que se agita dentro de sus límites. San Cristóbal ha sido, desde el instante de su fundación, una ciudad con singular destino. Nacida para servir de refugio, de sitio para apaciguar el cuerpo y obtener el descanso, no ha podido desprenderse de ese signo que le marcó el fundador.
La urbe sancristobalense de hoy permite distinguir la historia de lo sucedido en los últimos años. La relación entre el presente y el pasado, la fuerza de los cambios producidos y la incidencia de estos fenómenos de novedad en el espíritu de la gente. A medida que se avanza por sus secretos rincones se hace más real el viento de lo antiguo y el soplo de lo nuevo. A lo largo de las páginas siguientes se intentará urdir la trama de San Cristóbal, de tocar, con piedra viva, el alma de sus cosas viejas y de lo que prenuncian sus signos de hoy.
No es fácil la cabal realización de ese propósito. Al final de las cuentas no se trata de un objeto disecado, muerto, sobre el cual se pueda hacer un estudio sin que aparezca la inquietud que transforma de un minuto a otro la faz completa de la ciudad. De San Cristóbal se han escrito páginas de apretada belleza con la tinta mayor de la emoción. Desde poemas, en donde se vierte el verbo en luminosas chispas, hasta la risueña lava de la prosa que retrata con cabal sentido el acontecer de ayer y del presente. Testigos de sus cambios unos, atentos oyentes otros, han captado el paso del tiempo y la resuelta voluntad común de superar la hora y el momento para encontrar nuevos caminos y transitarlos con firme ánimo y despierta vocación hacia lo mejor. Aún cuando los rasgos del desarrollo han marcado a la antigua villa, aquí reside todavía una dimensión humana. La ciudad no se ha despeñado por la frialdad que va tomando cuerpo en las grandes concentraciones humanas que parecen negar al hombre como centro vital sobre el cual gira toda realización urbana y lo convierten en un ser a punto de aniquilamiento.
Ese sentido, cierto y real, es el que vamos a tratar de colocar en el relato. Al advertir de su presencia estamos reconociendo a la firme voluntad de todos de componer el mosaico del hombre en la mayoría de sus detalles y de incorporar un elemento que en otras ciudades se ha ido perdiendo a medida que florecen las avenidas y los edificios que levantan como árboles de concreto: el ser humano.
En ese sentido la reposada ciudad de otro tiempo todavía se encuentra en medio del ajetreo, de los ruidos del momento, cuando se ha soltado como resorte largamente contraído el desarrollo urbanístico. Sobre tres perfiles versa el tema. Las viejas fotografías, que a manera de cuidada memoria, acompañan los textos, son el relato gráfico de una época sobre la que la ceniza del olvido comienza a llover. Es el ayer. De lo de ahora, hoy, se mantiene el fresco de la constatación cotidiana y reconocemos por nuestros propios sentidos la ciudad que actúa y vibra en el presente. De ambos esbozos surge el mañana, en donde se precipitan en palabras los acontecimientos que nos pueden sorprender, si continuamos en la loca y desbocada marcha hacia una gigante ciudad sin horizontes humanos. En medio de estos tres acaecimientos de San Cristóbal, encontraremos aspectos paisajísticos que por su especial significación marcan a la ciudad y le otorgan el signo distintivo que la singulariza: la luz, la lluvia y el cielo.
De todo esto se deriva la urgencia de mantener a la sancristobalense villa en una CIUDAD PARA VIVIR.



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