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sábado, 12 de febrero de 2011

Don Juan El Fundador


… Juan de Maldonado es de ilustre linaje, pero eso no basta para domar el potro de la aventura. América entonces le entra por los poros a bocanadas en le traro directo con Santa Fe, donde hasta las piedras son sagradas porque han presenciado el paso de gloriosos capitanes conquistadores.
Y Juan Maldonado crece como un samán de nuestra tierra: con la voluntad de subir, con el empuje de trepar las cumbres. Fray Pedro de Aguado nos deja  su retrato en unas cuantas pinceladas de prosa dura. Pinta su agudo decir su hombría y su franqueza por la cual era de muchos aborrecido…
Era excelente jinete y manejaba el caballo con alegría. Pero dentro de aquél vaso de rosa piedra, aposentaba el licor de donosura. Es fray Pedro, precisamente, quien nos dice que “siempre Juan Maldonado  ha evitado y aborrecido la severidad y crueldad contra los indios y así continuo antes que otro ninguno los traía  de paz y a su amistad.”
Finalizado el año sesenta, Hortún Velásquez ordena una entrada que asegure la ruta a Mérida y proteja los ganados que repastaban las llanadas vecinas al río Táchira. Treinta y cinco hombres componen el desfile a cuyo frente va Juan de Maldonado. La expedición parte de Pamplona en los albores de 1561…
Un día llegan al poblado de Cania, habitado por indios tranquilos que les ofrecen tubérculos y frutos para el parco yantar, motivo  por el cual establece allí su cuartel general el avisado Juan Maldonado.
Es allí cuando realiza con acto simple la empresa que ahora nos convoca. En este collado de lumbre sempiterna deja caer entre un gesto de su mano la riente ciudad de San Cristóbal.  (Amado A, Cap. I. Así era la vida en San Cristóbal)

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