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martes, 22 de febrero de 2011

El Barrio De La Ermita Y Su Plaza

La Plaza de La Ermita, cuyo nombre oficial es Plaza de Páez, es el núcleo o corazón del Barrio de La Ermita, el cual abarca una gran parte de la ciudad de San Cristóbal. En nuestra mocedad, ya lejana por cierto, era un barrio bullicioso, alegre y juvenil. Tenía y aun tiene mucha influencia en la ciudad, pues está formado por gentes trabajadoras, obreros, empresarios, comerciantes. Pura clase media y obrera. No hay lo que allí se llama "sociedad" o "crema", pues estas gentes respetables siempre han residido por los lados de Catedral y Parque Sucre.
Los sitios del Cementerio, el antiguo Matadero, El Calvario, Puente Real, Unión Zorka, Santa María, El Cometa y otros, están dentro de La Ermita, que ha ido extendiéndose y progresando con rapidez para el contento de todos los que estamos encariñados con nuestra ciudad.
Antiguamente, las corridas de toros de las fiestas patronales se celebraban en la hoy Plaza Bolívar; después, se realizaban en la Plaza de La Ermita; luego, en la 19 de Diciembre, que es la "Urdaneta" de ahora. En la Plaza de La Ermita también hubo juegos de baseball y allí surgió el celebérrimo Club Sucre, fundado y capitaneado por Pepe Contramaestre. Este club celebraba periódicos encuentros con el de Los Andes, que mandaba en la Plaza 19 de Diciembre. También fue a Rubio una vez y regresó triunfante a San Cristóbal.
Las navidades en La Ermita, para hace veinticinco años, eran las fiestas mas simpáticas y atrayentes. Toda la alegría de esos días giraba alrededor del Padre Maldonado, cura párroco. Las misas eran distribuidas entre las aldeas, los ermitaños, los choferes, los comerciantes y la de Nochebuena era de los peseros, quienes ponían el mayor entusiasmo en la celebración de su misa. La plaza se llenaba de gentes y toda la noche estaba iluminada por las luces de bengala, los cohetes, los arbolitos multicolores. Se jugaba al Toro de Candela, se bailaba la burriquita y se repartía "miche" a discreción.
La plaza era de tierra hasta el año de 1937, que fue convertida en una hermosísima alameda, con avenidas amplias, jardines y árboles, por obra y gracia de la buena voluntad del doctor Abigail Colmenares, de grata recordación para el Táchira por su generosa  labor como Presidente del Estado, quien también se ocupó en pavimentar todas las calles del barrio. En el centro de la plaza hay un elegante monolito coronado por un águila, en homenaje al general José Antonio Páez. Al pie del monumento hay varios altorrelieves que recuerdan algunas de las hazañas del Héroe de Las Pampas, y en las avenidas hay bancos o escaños para que las gentes descansen y disfruten del fresco.
Las casas que rodeaban la plaza de La Ermita, en su mayoría, tenían amplios y bellos corredores. Así eran, por ejemplo, La Cabaña, la casa de don Luis Colmenares, la de Pedro Reina, la de don Antonio Merchán y otras. Esos corredores desaparecieron porque a cierto mandatario local se Ie ocurrió que eran anticuados y antiesteticos y que hacían estorbo para el tránsito, no obstante ser las calles anchas y bastante cómodas.
LA GENTE
Entre las gentes que vivieron en La Ermita durante la época que pretendemos reseñar, figuraba, entre otros, el ya citado Padre Maldonado, que era como el director espiritual de los habitantes del barrio. A el acudían ricos y pobres, grandes y chicos en busca de consejo o de consuelo, y nadie salía de aquella casa "con las cajas destempladas", pues para todos tenia la amplia bondad de su corazón. Nunca olvidaremos aquella sencilla y agradable casa que conocimos des de niños, es decir, desde que vivía dona Lucia, la progenitora del Padre Maldonado.
Otro sacerdote que vivió por aquellos tiempos en La Ermita, fue el Padre Gabriel Gómez, que era de Lobatera, según creemos. Fue diputado a la Asamblea Legislativa del Estado en varias ocasiones y estuvo preso, en varias ocasiones también, por "político". El Padre Gómez era muy "bravo" y a las muchachas les daba miedo confesarse con él, porque Ie importaba muy poco levantarlas del confesionario, delante de toda la gente, por tener las mangas cortas, las faldas altas o el escote bajo. Por lo demás, era un viejecito muy cariñoso y simpático y hasta chistoso. Le encantaba que los muchachos Ie pidieran la bendición y Ie echaba ternos fuertes a las viejas que se Ie acercaban mucho. No usaba la clásica teja sino un sombrero alón de jipijapa. Su casa estaba a una cuadra de la plaza y sobre su persona se tejían muchas leyendas. Se decía, por ejemplo, que una vez había atrapado a una bruja echándole unos calzoncillos al revés y que la había pelado con unas matas de roso espinosa. También era público que tenía mucho dinero enterrado.
 Esto último llego a corroborarse cuando Juan Gutiérrez (Juan Puya) ocupó la antigua casa del Padre Gómez, pues Juan era pobre y de la noche a la mañana apareció rico, con grandes negocios, factorías, etc. Se dijo que en el apoyo de las viejas ventanas de madera, había hallado varias botijas llenas de morocotas y de onzas de oro. Juan murió hace poco sin haber nunca afirmado ni negado la especie.
Vecinos de La Ermita fueron igualmente don Antonio Rojas, padre del doctor Rojas Contreras y honorable comerciante y ganadero de la región; don Julio Torres, que junto con Francisco Morillo, Genoveva Caminos, el señor Gutiérrez ( a) Cristo de Yuca, don Manuel Rugeles (padre del poeta) don Jesús Martínez y Juan Hernández formaban el Gremio de los Panaderos de La Ermita; don Jenofonte Martínez, hombre ilustre, filósofo de gran sabiduría y, por añadidura, sastre de profesión, lo mismo que don Tulio Bustamante, Erasmo González, Simón Maldonado (uno del grupo familiar que llamaban "Los Mariposos"); don Jose Niño, que tenía una pulpería en cuyos armarios no había sino puras botellas de horchata de diversos colores; Gilberto Rosales y Rafael M. Carrillo, ambos maestros en la escuela de don Rafael Álvarez; don Querubín Monsalve, el viejo, que era paralítico, tenía las manos agarrotadas y los pies desgonzados (nos decían que era que se había montado en un globo, se había caído de lo alto y por eso estaba así); Antonio María, Avelino, Mario Canuto y Juan Chacón, zapateros; doña Susana Galindo, que cosía ropa con su hija Susanita, prestaba plata y daba buenos consejos; Alejandro Colmenares, sacristán de la iglesia, barbero, practicante de medicina, practico y eficaz sobandero, amigo inmejorable y paño de lagrimas de los pobres; don Federico Bretón, que tenía una zapatería al lado de La Cabaña y en la puerta, como muestra, una bota negra colgando, la cual, inmacablemente,  amanecía el Día de los Inocentes en el sitio de la tabla de la pensión "La Pluma de Oro", y esta tabla, en donde estaba la Bota Negra de Bretón; y así, podíamos nombrar a Gregorio Bautista, otro sastre bueno; don Dionisio Torres, sin piernas y barbero; Dositeo Casique, las Márquez, los Fornez Paredes, don Rafael Medina, don Carlos Díaz, Carlos Blanco, Antonio Merchán y sus hijos, etc. Detrás de la casa cural vivía el procurador Melquiades Galvis, simpático y culto viejecito que conocimos en sus últimos años. Una vez, su hijo, el doctor Pedro Galvis Fonseca, dentista, profesor y recitador de versos, resolvió abrir por su cuenta un concurso entre labriegos y campesinos. El tal concurso consistía en limpiar o “paliar" media cuadra de calle enmontada (precisamente al frente de su casa). La calle la dividiría en parcelas largas para que cada concursante tomara una para la prueba, y al primero que terminara de limpiar la suya, se ganaba un premio de Bs. 100, donado por el doctor Galvis. La cosa estaba organizada y habían bajado muchos campesinos a la ciudad para tomar parte, pero un jefe civil telegrafió a Maracay diciendo que se trataba de "una manifestación comunista" e inmediatamente prohibieron el concurso y nosotros nos perdimos de ese raro espectáculo para aquella época.
TIPOS POPULARES
Entre los tipos populares de La Ermita nos permitimos incluir a don Fernando Monsalve, ilustre, simpático y caballeroso ciudadano sancristobalense. Barbero y gallero apasionado. Su navaja la llamaba el mismo "eléctrica". En tres pasadas que Ie daba a un cristiano por la cara quedaba afeitado y sin derecho a reclamo y por el servicio cobraba real y medio. A veces, mientras estaba afeitando a alguien, se oía el kikirikÍ de un galla fino que tenía en el interior de la barbería. Inmediatamente dejaba al cliente enjabonado, entraba presuroso y agarraba su gallo, zafándole la cabuya de la pata. Lo alzaba, lo soplaba, Ie echaba un buche de aguardiente y lo "careaba" con un galla de trapo, especie de maniquí, que usaba para estos menesteres. Después seguía su trabajo, durante el cual, como buen fígaro, no dejaba descansar su lengua hablando de la guerra europea, de la crisis, de los gallos, pero menos de don Eustoquio.
En la pila de agua de La Ermita iba frecuentemente a coger agua una pobre loca llamada "La Loca Anita". Era la que surtía de agua a la mayor parte del vecindario y cargaba el agua en un barril que se ponía en la cabeza. A veces, cuando la luna estaba débil, se ponía furiosa, hablaba sola, tiraba piedras y se alzaba las enaguas con gran escándalo de la vecindad. Entonces la encerraban en el solar de la casa de José Niño o de don José Duarte, hasta que Ie pasaba la cuestión. También andaba por allí un tipo gafo que cargaba agua y vendía majaretes, galleticas, suspiros y "catalinas" que allá se llaman "cucas". A tal tipo lo llamábamos "Doñita" por el modo de ofrecer su mercancía. Otro tipo era "Doña Ursula", mandadero popular que se orinaba en los calzones y siempre andaba con el consiguiente "olor"; Mandúcaro, que mataba un novillo en sola puñalada; el Loco Casique, que inspiraba cariño y lastima; Cagajilo, que hacía cometas, cohetes y luces de bengala y tenía un taller con el sonoro nombre de "Galvanoplastia" que él mismo no entendía; doña Isolina Rosales (doña Gasolina), que vendía "música, café y bollos" en su pulpería; Felipita, que era una mujer que siempre vestía y alardeaba de hombre y tenía una buena pulpería en la esquina de la plaza; La Churica, que hacia un extravagante pesebre en la Navidad, etc., etc.
El barrio de La Ermita sigue creciendo, multiplicándose y haciéndose querer cada día por su jovialidad, su acogedora simpatía y su inextinguible preocupación por los destinos de la patria. Hasta allá tendemos nuestra mano de hermanos y enviamos un mensaje de cariño para todos sus habitantes.
Caracas, 1951.
(Amado A. Pág. 45/51 Así era la Vida en San Cristóbal)


Glosario de términos para esta lectura:
        Celebérrimo: Famoso
        Alameda: Vereda, parque, camino
        Ternos: Maldiciones, improperios, insultos
        Alón: Ala
        Pelado: de “pela”, palabra empleada para indicar que se golpeó a alguien
        Pulpería: Bodega
        Horchata: bebida
        Careaba: Enfrentaba
        Fígaro: Barbero
        Enaguas: Faldas o fondos de faldas



3 comentarios:

  1. Saludos! yo soy nieto del Dr. Pedro Galvis Fonseca, que aquí se menciona.

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  2. ..Gracias,.Caballero,... por sus apreciaciones Historicas,...

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  3. LA EXTRAÑA CASA DE LA ERMITA
    En la parte baja de la Ciudad de San Cristóbal, en la Carrera 1 entre Calle 15 y 14, existe una casa muy extraña. Dicen que desde hace mucho tiempo asustan a todo el que pasa por allí en la noche. Sus antiguos dueños se la vendieron a una señora porque allí no tenían tranquilidad: murmullos, pasos, llanto de bebés, gritos, bellas mujeres caminando por la casa… La nueva dueña sabía todo lo que ocurría en la hermosa y extraña casa y se dispuso para afrontar las diversas situaciones. Antes de mudarse mando a bendecirla y remodelar parte por parte. Dicen que al levantar la tierra del jardín para sembrar grama y nuevas plantas, encontraron muchos fetos metidos en bolsas. Llamaron a un sacerdote, que los bautizó y llevó al cementerio. Otra gente arregló el jardín y aparentemente todo estaba normal. Una tarde al oscurecer la dueña de la casa con una amiga fueron a revisar los trabajos y vieron a varios bebés jugando en la grama, al acercarse a ellos, se esfumaron…, ante el asombro de las señoras. Otro día oyeron el llanto de una mujer y más tarde la vieron desesperada caminando por la casa, los vellos se les erizaron y sintieron escalofríos, comentaron una vez pasado el susto: _ Esto no está bien…Siguen pasando cosas extrañas. Acompañadas del maestro de obras, revisaron toda la casa y golpearon con un palo los pisos en toda la casa. En una parte del patio detrás de la casa, en el el centro del solar de tierra, que estaba encementado, sonaba a hueco. Revisaron por todas partes y encontraron una entrada disimulada con grandes losetas, las levantaron y vieron un túnel que daba al sótano. Dieron órdenes a los obreros para que sacaran todo lo que encontraran y poco después depositaban en el patio muchas bolsas, al abrirlas tenían huesos humanos. Espantados los obreros salieron corriendo para no volver más… Dieron cuenta a las autoridades para que investigaran el caso, Identificaron que los huesos correspondían a mujeres jóvenes. Más tarde procedieron a enterrarlos en fosa común en el cementerio municipal. Dicen que allí en esa casa, un supuesto médico sin escrúpulos clandestinamente practicaba abortos. Y muchas mujeres se morían, pero como su familia nada sabía las daban por desaparecidas, ya que en esa época salir embarazada sin estar casada era una ofensa muy grande para la familia y abortar un delito muy grabe. Al médico le ayudaba su hermano Ernesto, un hombre que no sentía temor por nada, era el encargado de hacer desaparecer los fetos y las mujeres, de eso hace mucho tiempo, quedo todo en el olvido… Cuentan que la dueña desesperada dejó abandonada la casa y con el tiempo otra familia la habitó, pero más nunca nadie tuvo paz para vivir en esa casa. Años después un Señor llamado Juan Hernández la compro a un precio regalado y la alquilo para una Escuela y luego a una organización política Acción Democrática en donde funciona como Casa de Partido pero más nunca para vivir. Aparentemente durante el día no sucede nada, pero al llegar la noche se oyen pasos, puertas que se abren y cierran y el susurro de hombres, dicen que son los dos hermanos que vagan por la casa penando por su maldad y por haber dejado enterrado un tesoro.


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