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martes, 22 de febrero de 2011

Evocación De San Cristóbal

Suaves y frescas aguas de La Parada, La Romerita, La Potrera, La Bermeja y el río Torbes, bañan por sus cuatro costados a mi ciudad natal, la altiva, clara y acogedora San Cristóbal. Por la parte alta, la vigila el cerro de Las Cumbas, que cuando se opaca es señal segura de aguacero. Aguacero que baña las calles y los rejados y hace crecer las quebradas y al río Torbes. Este se pone rojo y ruidoso y, a veces, se cansa de andar por su cauce y se desparrama por vegas y sementeras a hacerse sentir. Y es El Corozo, Sabaneta, El Salado, quienes reciben las avenidas del río y ven desaparecer casas, huertas y animales que se recuperan con el esfuerzo nuevo y el trabajo constante.
Los barrios se han multiplicado y ya no son Barrio Guzmán, Hoyo Caliente, El Filisco, La Ermita, Madre Juana, La Vichuta, sino que se han agregado La Romerita, que algunos graciosos llaman Los Tullidos, El Obrero, Coromoto, Unión Zorca, Los Kioskos, La Concordia y tantos otros que van naciendo y creciendo.
Todos poblados de gentes que laboran y se multiplican cada día más. Por las casitas asoman las muchachas y los niños, y ladran los perros cuando oliscan gentes extrañas. Los jardines se llenan de flores y las calles lucen barridas y limpiecitas. Por las vegas del Torbes, vuelan las garzas blanquísimas, y las guayabas y naranjas perfuman el aire y provocan el paladar. En el río, los pozos del Negro, La Curva, La Raíz, El Tambor, El Salado y tantos otros invitan al- bafio y los caminitos de las cuestas de Pericos, Tononó y Zorca, convidan a andar por ellos en busca de moras y de mamones. Hacia Pueblo Nuevo, en donde los caminos son anchos y están hechos en medio de interminables hileras de pomarrosos, el paisaje es igualmente encantador. Bajan por allí los campesinos de Paramillo muy de madrugada. Los carreros (Santos, Epifanio, Antonio, Betulia, Carmela, Eleuteria) llegan a la ciudad cuando están abriendo el mercado. Los de Pueblo Nuevo, El Rodadero, Machirí, también mañanean y van a tomar café en el mismo mercado. Por Los Kioskos el ajetreo empieza más tarde, porque este barrio ya tiene cara de ciudad. No obstante, por la carretera bajan quienes tienen la fortuna de poseer vehículo de motor. Cuando es Semana Santa, las chicharras aturden y mojan a quienes andan por debajo de los árboles y en época de carnaval no son raros los disfraces trasnochados que se encuentran por la vía.
Y así, todos los alrededores: La Sabana, La Vichuta, Pirineos, La Potrera. Paisajes que se adentran en el alma para que no se les olvide. Por el Barrio Obrero ha aparecido una Virgen del Carmen. Hace milagros y es consuelo de afligidos y necesitados. Por La Ermita un curandero se hace famoso y repite las proezas de Carmelo Niño y Carmelita Novoa. En El Corozo, las aguas termales ponen sus beneficios curativos a la mana de todos. En la hacienda de don Rafael Illarramendy  hay vacas negras recién paridas que dan la mejor leche para los recién nacidos. En La Potrera, arriba, se consigue el mejor gusanillo y el más suave musgo y las más belIas parásitas para adornar el pesebre de Nochebuena. En el mercado hay venta de romero, tomillo, yerbabuena, laurel y todo lo demás que antes vendía Juanita Becerra. En el Asilo de Ancianos Ie dan almuerzo a los pobres y en los mercados libres se compra todo barato. Y así se vive. Y la ciudad sigue creciendo ...
Para acercarse al centro puede entrarse por San Pedro, o por El Filisco, y si no por el Cementerio o La Bermeja. Por todas partes tiene entradas está San Cristóbal ancha y buena. En el comercio se puede andar para arriba y para abajo. Entrar al amplio almacén de los Villasmil en donde se consigue desde una cinta hasta un cafenol o un automóvil, amén de la finísima amabilidad de Pedro Felipe o de Julio Anselmo, o a La Sultanita, para que don Julio Carrillo o sus diminutas y simpáticas hijas ofrezcan las últimas novedades y a precios "escandalosamente bajos". En la ferretería de Carlos Díaz, que era el antiguo caos de don Víctor Suárez y ahora es un negocio prospero y bien organizado, hay toda clase de fierros, lo mismo que donde don Miguelito Rúgeles o don Metodio Romero. Y don Luis Fontana, Rafael Ibarra, Gallanty, Escalante, etc., están siempre listos para atender de la mejor manera a sus clientes. Si se busca una tipografía, alIí están la de Cortés, Hernán Rosales, Marcos Morales, la de Fronteras y la de Vanguardia. Ya la del general Cornelio Supelano se acabó, pero Ia vieja Imprenta del Estado se remoza cada día. Si se trata de panaderías, es cierto que los bizcochos de las Murillo no están donde mismo, pero Carmelita de Morantes heredó la receta y sus mantecadas y bizcochuelos hacen la boca agua al sólo nombrarlos. El pan de don Manuel Rugeles dejó de ser, mas Antonito Torres y la familia Moros cuecen en sus hornos unos hermosos y sabrosos panes, lo mismo que Sixto Quiroz, que no dejan nada que desear al que hacían La Cabezona y La Mercedotas. Los bollos de La Tabarico y las hallacas de La Choricera ya no se comerán, pero las Sabino tienen una receta especial y en la Nochebuena se comen esas diminutas y sabrosas hallacas que fabrican, junto con el insuperable dulce de lechosa. Pasteles, friteles y castañolas, golosinas especialísimas de la familia Fossi, al igual que los pasteles y cocadas de la Negra Cedeño, los pastelitos y arepitas de Carmelita Velandia y las melcochas de "Piyico Melcocha" han ido sustituyéndolas par esas argamasas que llaman "pastas". Sólo se comen buenos pastelitos en El Torbes y en casa de don Pepe Angulo, en Táriba, con masato dulce y suave. Pero si hay necesidad de un buen hartazgo, el remedio está en el mercado: morcillas brillantes, arepas amarillas y calientes, gordos morcones, pasteles de carne, huevos, garbanzos y arroz, chicha espumosa, mazamorra de maíz o arroz con leche, plátanos dorados y café con leche. Como "bajativo", como dice Pancho Flórez, se pasa por la venta de frutas para saborear piñas, nísperos, naranjas, badeas (que en Caracas llaman parchas), patillas, mamones, guineos, duraznos, y todo cuanto se desee.
Hay buenos hoteles: Royal, Bellavista, América. Este último era de doña Evarista Vega, cuyo hijo Hernán fue el primer chofer profesional que llego a San Cristóbal. EI día que sacó el fordcito se estrelló contra el poste de la esquina. Las pensiones, que antes se llamaban "Asistencias", se han multiplicado. La de don Jesús Contreras (mi padrino), 0 sea, el célebre "Palo-Seco", dejó de existir hace años, pero subsiste el recuerdo de aquel hombre generoso y amplio. Don Jesús (mi padrino), al que no tenía con que pagar, Ie daba comida y cama gratis, y Ie encantaba obsequiar pic-nics en su finca de Pirineos.
Para rezar y rendir homenaje al Creador puede irse a la Catedral, con sus enormes naves y sus cuadradas columnas. A la derecha está la Capilla del Santísimo, en donde las Branger y Merceditas Villamizar adornan cada ano el bellísimo Monumento del Jueves Santo.
En la misma capilla esta el Santo Cristo del Limoncito, que no se deja sacar a la calle en ciertas ocasiones, pues cuando va a llegar a la puerta en hombros de los feligreses, se vuelve tan pesado que no hay fuerza humana capaz de levantarlo. En el Altar Mayor reposan los venerables restos de monseñor San Miguel, primer obispo de San Cristóbal, cuyo pontificado será siempre vivo ejemplo para sus sucesores. En la nave central están las sillas destinadas a los Altos Poderes del Estado cuando hay fiestas religiosas con carácter oficial.
 Y la torre de la derecha es más pequeña que la otra. Cuando estaban haciendo la primera torre, decían les albañiles que por debajo de los cimientos corría un brazo del río Magdalena, porque se les fue una barra por una grieta y causo en su descenso un enorme ruido. Se pasa al templo de San Juan Bautista, en La Ermita, y para el sancristobalense de cierta edad surge el recuerdo gratísimo del Padre Maldonado. En el centro del templo, tanto afuera como adentro, aparece San Juan con el dedo hacia el cielo ("Cuando San Juan agache el dedo... "). Y las imágenes de la Virgen del Carmen, la del Rosario, del Corazón de Jesús, del Crucificado y de la Cruz de la Pasión, infunden al visitante un respeto silencioso. La cúpula tiene el mismo estilo que la de San Pedro en Roma y el conjunto del templo, aun sin terminar, es armonioso y bello. Los otros templos son más pequeños: EI Santuario, modernísimo, San Antonio y San José. La Capilla de Santa María se acabo, lo mismo que paso con la de San Lázaro, cuya imagen llena de llagas y de golpes fue a parar a la iglesia de Tariba.
Las plazas, grandes y enormes plazas, están casi siempre llenas de flores. Sus árboles frondosos brindan sombra generosa y en los escaños nunca faltan gentes que salen a disfrutar de ese regalo natural e incomparable. La Bolívar, la Páez o la Garbiras, el parquecito dedicado a don Ramón Buenahora o el enorme parque de deportes (piscina, canchas, pistas) dedicado al fundador de la ciudad, don Juan Maldonado, son sitios abiertos para descansar y respirar hondo y sano. La alameda del Cementerio invita a la meditación y es una antesala verde y umbrosa del camposanto.
Las carreras y calles, largas hacia el norte y hacia todos los flancos, son rectas y más o menos anchas. Para ir al acueducto hay que subir y para ir al río hay que bajar. Por todos lados, casas pequeñas o grandes, altas o bajas, pero todas untadas con exquisito gusto y alegres colores. En los clubes se reúnen los socios para la tertulia y petra divertirse. Al Táchira van los señorones de la ciudad, la aristocracia vernácula, lo mismo que al tenis. Son más o menos exclusivistas. Al Demócrata y al Latino, va la clase media, pero también pertenecen a ellos muchos de los socios del Táchira. Afirman estos que se divierten más en las fiestas del Demócrata y del Latino, y la razón es obvia, pues alIí encuentran lo  mejor de la juventud de la ciudad y las mujeres más lindas y adorables. La tertulia del Demócrata es muy concurrida. Francisco Flórez, Miguel López, Pedro Barrios, Ángel Ignacio Vargas, Horacio Giusti, Reinaldo Méndez, Atilio y Humberto Ardila, Felipe Araujo, forman lo que podemos llamar la Vieja Guardia del Club. Ahora están otros y luego vendrán otros y otros más. Ramón Ostos mantiene el orden y la disciplina y presta plata cuando uno se queda limpio. El bar otorga vales, pero si no se pagan a tiempo, Ie cortan el crédito al socio. Y hasta expulsan al socio que monta un "mono" en el botiquín y no lo cancela oportunamente. El Club, como la ciudad, crece y se moderniza. Tiene canchas y juego de bolas y ahora están fomentando un fondo especial para hacer un edificio nuevo, alto y elegante.
Las gentes en estos dias están de gozo y de fiesta. Se celebra el cuarto centenario del descubrimiento de las tierras tachirenses y hay júbilo en todos los corazones. Los campesinos y obreros y las gentes de nuestra clase, estrenaran ropas nuevas y zapatos. La Iglesia se llenará de fieles y abundaran los discursos con frondosidad de selva. Habrá inauguraciones. Recepciones y bailes. Banquetes y paseos. La celebración hará época en los anales tachirenses y Marquitos Figueroa contara a sus nietos de "como vino a hallarse la fecha en que fue descubierta la población de Auyamas, que después se llamo San Cristóbal". La arrogante, clara y adorada tierra de nuestros hondos y entrañables afectos. Amado A,  Pag. 15/22 Así era la vida en San Cristóbal
Glosario de términos para esta lectura:
        Filisco: Famosa calle de San Cristóbal hecha de piedra, por la que entró el libertador la capital del Táchira
        Mazamorra: Bebida típica andina hecha a base de maíz o también de piña fermentada.
        Fordcito: Se refiere a un automóvil de la marca Ford

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