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viernes, 11 de febrero de 2011

El Santo Cristo del Limoncito


Llamarada de evocación en el azahar siempre blanco de la lealtad cristiana; ramaje de leyenda en la vigencia grata de lo que se desconoce pero se admira; repicar de historia en la serenidad de la noble y vacía Catedral. Misterio de abandono en la pálida angustia de un rincón indiferente y la pátina cubriendo de gris melancolía la reliquia olvidada en el frio de su soledad. Apenas el recuerdo de alguna expresión piadosa encendiendo la lucecita de un padrenuestro. En el atardecer de un día de lluvia. Apenas el rumor de las voces que llegaron a detenerse frente al madero tallado por manos de artista, para elevar la dimensión de su pena y obtener para ella la poesía consoladora del Cristo en agonía.

Más de dos siglos ha que la bella imagen deja traslucir la protección de su amor sobre la bien-andanza silenciosa de la Villa afortunada. Desde el ángulo conmovido de su ternura infinita y desde la vigilia de su dolor callado, estuvo siempre dando a la ciudad el afecto que esta Ie negó con su indiferente desestimación. Pero habría de llegar la hora del rescate. La ponderada preocupación de un sacerdote que supo desentrañar a  golpes de talento y corazón la cantera privilegiada del valor histórico y artístico que el imaginero español talló probablemente en Navarra, vino a decir a la ciudad y a sus pioneros como era su responsabilidad ante la casi desconocida reliquia del Santo Cristo del Limoncito. Así, un día cualquiera, el párroco de la Catedral amaneció con fiebre de reclamo y en vez de tocar las campanas a rebato, haló la campanilla de su simpatía y pronto obtuvo la respuesta de personajes del tachirensismo generoso en la sobriedad del mármol y en el esplendor de su bondad para que la vieja Capilla diese paso a la nueva, hermosa y original que pulió su granito para que por al pasase el tercer Obispo de la Diócesis, Monseñor doctor Alejandro Fernández Feo, a recibir el presente que el párroco, presbítero doctor Carlos Sánchez Espejo, Ie ofrendase con ocasión de sus Bodas de Plata Sacerdotales.
La profunda originalidad del Santo Cristo del Limoncito ofrece perspectivas singulares y Ie da a San Cristóbal el atuendo de  un bien ganado orgullo. Razones históricas, religiosas y artísticas Ie dan prioridad de devoción a cuantos han de llegar en romería de gracia y de esperanza a su capilla sobria, elegante y sugerente. A cuantos de ahora en adelante han de preguntar cómo y cuando llego la preciosa reliquia a este Valle de Santiago. La historia será siempre la misma y pronto habrán de aprenderla quienes han de enjugar sus lágrimas con el pañuelo blanco de su admiración, a contemplar la amargura del Cristo agonizante.
Acaso pueda comenzar por la dominación de los moros en España y seguir por la ruta de los misioneros franciscanos capuchinos que llegaron a evangelizar las tierras coloniales y se adentraron por el valle colombiano de Cúcuta para establecerse al norte de la misma, en un lugar que por entonces llámese Limoncito y de donde hubieron de emigrar ante el ataque de aquellos bravos chinatos que nunca pudieron avenirse con una civilización que les quitaba la razón de gritar y de gesticular a su antojo. Se supone que los tales misioneros traían la hermosa imagen del Cristo agónico tallado en madera y con ella huyeron perseguidos por las invasiones indígenas que, desprendiéndose del caluroso Catatumbo, enfilaban hacia los centros poblados donde los españoles forjaban la ventura de las villas y villetas. Esta suposición la testifica la seriedad investigadora de Luis Eduardo Pacheco y el Libro Tercero de Bautismos de la parroquia de San Sebastián. También, en el archivo eclesiástico de la misma, correspondiente al año de 1800, hay una referencia del Santo Cristo del Limoncito que textualmente dice: "En este mismo año se doró el altar del Santo Cristo y pintaron el Arco Toral". Cuarenta y cinco años después puede hallarse otra valiosa referencia y ya no queda duda de que el Santo Cristo tiene carta de crédito por más de dos siglos en la historia religiosa y artística de San Cristóbal y es el que ha de dar plusvalía de preocupación al dinámico párroco para que la actual Catedral, vacía en la humildad de sus arcadas, alcance más adelante su verdadera dignidad como centro religioso de una de las mas pujames capitales venezolanas.
Evocación, leyenda e historia han de conjugarse en la puerta blanca de la capilla del Santo Cristo del Limoncito, para la luz perenne que de ahora en adelante guiara el camino de la ciudad cuatricentenaria. Todo ha de ser como la ofrenda de un pueblo que no descansa en repetir la verdad de su fe al Dios que los católicos llevamos en el corazón y como la reiteración admirativa y devota a la imagen que la Municipalidad sancristobalense ha dado el justiciero titulo de Guardián de la Ciudad. Rosales R. (1961:19-22) Estampas de la Villa.

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